Esta mañana escuchaba la lluvia en
las contraventanas antes de que sonara el despertador, y no ha parado
desde entonces. Así que hoy no ha sido un sábado para ir al mercado, al
Marché des Lices: pasear por la ciudad con ritmo despistado, caminar
entre los puestos coloridos de frutas y verduras al aire libre, oler el
pescado fresco y los frutos de mar que me recuerdan a mi ciudad para,
después de comprar unos tomates y tal vez, algo de fruta, adentrarme en
uno de los mercados cubiertos. En ellos hay gran variedad de productos
regionales y artesanos como panes, quesos, dulces, mermeladas y,
también, puestos de comida de otras nacionalidades. La mayoría de la
gente que se mueve por este espacio lo hace con lentos pasos,
deteniéndose a veces repentinamente. Es corriente chocar ("pardon") o
que alguien te dé un empujón; pequeños accidentes que quedan borrados de
la mente apenas han sucedido.
Hay
muchos puestos que ya son conocidos (aún no me atrevo a decir
familiares) que forman parte de esa rutina tan sencilla como especial.
Es otra manera de conocer la ciudad, de ser parte de ella convirtiéndose
al mismo tiempo ella en parte de ti, en parte de esos lugares que
conforman tu mundo y tu vida en este momento y que, sin duda, pasado el
tiempo serán recuerdos indisolubles, vivencias, de esos espacios
urbanos.
Hoy
no he podido visitar el mercado, pero el parte meteorológico dice que
estas lluvias con su cielo gris y pesado se marcharán pronto. La semana
que viene volveremos a la sencilla rutina de los sábados.
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